“Estampas del Pasado del San Juan que yo amo”
 

| Página Principal |

        


 Recomendar Artículo

  Contáctanos

 Imprimir

A A+

Ajustar tamaño texto

 

 

Por: J. Pérez Losada

Puerto Rico Ilustrado

19 de enero de 1935, pp. 2-3 y 56-58

 

En el año de 1659 imprimió un libro el doctor Fr. Antonio González Acuña, catedrático y procurador de la Real Universidad de los Reyes, y Definidor de la Provincia de San Juan Bautista de Marinis, así descrito: “ Poco desdize a lo que aconteció: pues a contrastes espumosos rindió el galeón la popa y conservando las vidas a la diligencia de muchos tortores y la perseverancia de cuatro bombas, arribaron a la Isla de Puerto Rico, cuya entrada es de poco fondo, y mucho peligro.

 

No sabré encarecer a V. Reverendísima el agasajo común: porque ay cosas que caben en el ánimo de quien las hace, y se desluzen en la pluma del que las escrive. Valióme el cariño con que se venera el hábito. Gloriosa desgracia: pues merecí adorar en su convento la primera imagen de nuestra Señora que dió el pinzel al nuevo Mundo, de la cual observa aquel prodigio que ocasionó el sueño de los Religiosos; pues por dilatarle a media noche el oficio, le hizieron los Angeles, con espanto de los que oían y admiración de los que oyen.

 

Este Convento fue la fuente original que dió aguas de doctrina al Perú, de cuyo riego se han logrado tan fértiles cosechas. (como diré en su lugar). Observan sus Religiosos la antigua enseñanza de los primeros, con tanto exemplo, que no admiten segundos. Aderezóse el vaxel, hizo viage a España por Julio; hallándome tan atrasado en el tiempo, como adelantado en el deseo de no omitir lo tocante a mi oficio. Por lo referido está falto V. Reverendísima de noticias por ellos, y en representación del común, las ofrezco en este breve epítome, ajustado a la verdad.”

 

He respetado la ortografía de aquellos tiempos para que no se pierda el aroma arcaico e tan limpia y entonada prosa.

 

Claro está que mis lectores han caído en la cuenta de que la Imagen de la Virgen a que se refiere Fray Juan Bautista de Marinis no es otra que la Virgen de Belén, que recibe fervoroso culto en su capilla de la iglesia de San José, el más antiguo de los templos de San Juan, levantado en 1529 y que condensa bajo sus bóvedas de esbelta tracería el fervor de las oraciones que durante más de cuatro siglos han elevado allí los corazones dolientes y las almas acongojadas.

 

La tradición que han recogido de las fuentes del pasado las generaciones creyentes que se han sucedido  y los comentaristas de la poética versión que atribuye origen sobrenatural a la aparición del cuadro de la Virgen de Belén en el histórico templo, han agregado detalles y matices a la sobria narración de Fray Juan Bautista de Marinis.

 

En los Estatutos reformados de la Cofradía de Nuestra Señora de Belén, erigida en el año de 1779 con el título Angélica Cofradía del Ave María y Rosario candado de Nuestra Señora de Belén, se concreta así el motivo de la fundación.

 

“La venerada imagen de Nuestra Señora de Belén que según la tradición incontrastable de nuestros antepasados apareció en esta ciudad casi desde fecha de su creación, ha sido siempre el obejto especial del culto de los portorriqueños, tanto porque han encontrado en la Divina Señora el remedio eficaz de todas sus necesidades, cuanto porque así lo exigía la religiosidad proverbial de los habitantes de la ciudad y su reconocida devoción, en particular para su especial madre y Señora la Santísima Virgen de Belén que al escoger por albergue el Convento de su amado Domingo de Guzmán (hoy Iglesia de San José) no sólo ha tendio desde tiempo inmemorial el culto de sus fieles en Puerto Rico, sino el de sus ángeles mismos, que le cantaban algunas noches a maitines, según lo refieren algunos cronistas convencidos de estas verdades y con objeto de regularizar el culto de esta divina Señora fué  que se reunieron a mediados del siglo pasado (el Estatuto que está redactado en 1779 y fué reformado en 1854) varias personas devotas bajo la dirección de un venerable miembro de la Orden de Reverendos Padres Predicadores y formaron la institución cuyos estatutos se reforman hoy.”

 

El culto a la Virgen de Belén consistía de antiguo en el Santo Rosario que se cantaba todos los días por la mañana y por la noche,  costumbre que hubo de cambiarse pasado el tiempo, sustituyéndose el Rosario cantado dos veces al día por una misa cantada cada domingo segundo de mes, a las nueve de la mañana, a la que asistían en corporación todos los cofrades.

 

Establece, además, el artículo cuarto del capítulo segundo del mencionado Estatuto, que el  día de Nuestra Señora de Belén se celebre una misa solemne con sermón y una salve cantada en la noche, y novenas los nueves días siguientes, por ser ésta costumbre desde que se instituyó la cofradía.

 

Constaba de trescientos cofrades, doscientos varones y cien mujeres. El número no puede aumentarse –según el reglamento- en manera alguna y sólo podían entrar otros nuevos al producirse las vacantes, ya fuera por fallecimiento, renuncia o expulsión, puesto que para optar a la gracia de cofrade era necesario ser persona de honradez conocida.

 

El capítulo que trata de las obligaciones y beneficios de los cofrades, en su artículo 14 dice: “Para ser cofrade de número se presentará, el que lo desee, por escrito, al capellán y Cofradía, por medio del secretario, quien dará cuenta en la primera junta que haya y ésta resolverá su admisión o no, por votación reservada, y no de otro modo.

 

Los cofrades de número pagarán a su entrada ocho reales de plata macuquina y dos cada mes, para el sostenimiento del culto y pago de sufragios, entendiéndose éstos últimos el mimso mes de su entrada.

 

Los cofrades número gozarán de todos los bienes espirituales de la Cofradía, y además en su fallecimiento, de entierro entero, a saber: Comunidad, sepultura, oficios, misa de cuerpo presente, vigilia, caja y mesa –con seis hachas con sus hacheros, cera para la misa, altar mayor y ciriales, derechos parroquiales, cura, sacristán y cuatro acompañantes y, últimamente, nueve misas rezadas como cofrade.”

 

El Estatuto define cuáles son las obligaciones de los examinadores, del mayordomo y del secretaria. Los fondos de la Cofradía se custodian en una caja con tres llaves, una de ellas las guarda el capellán, otra el mayordomo y la tercera uno de los examinadores.

 

El capítulo cuarto, que trata de las juntas, está así redactado:

Artículo 33-El domingo segundo de mes, después de la misa de Nuestra Señora, se celebrará la junta ordinaria, en cuya acta se expresará antes que todo, que se ha celebrado dicha misa función según previenen estos estatutos; y después se tratarán los asuntos que se ofrezcan.

 

Las extraordinarias se celebrarán a petición expuesta al Padre Capellán y Mayordomo, por cinco cofrades a lo menos, y en vista de la urgencia e importancia del asunto. Y así éstas como las ordinarias se considerarán constituidas con el número de cogrades que concurran, sea cual fuere; debiéndose guardar en ambas el decoro y consideración debida al templo, que será donde se celebren; y no permitiéndose en manera alguna que hable más de un cofrade a la vez, ni que se separen del punto que se puso, pues el Padre Capellán y el mayordomo en caso de que así suceda harán que se restablezca el silencio, y que las discusiones no sean acaloradas e inoportunas, sino con paz, compostura y presunción. En caso de no conseguir este objeto el Padre Capellán y mayordomo darán pro concluida la junta y el secretario lo expresará así en el acta.

 

Sólo en dos ocasiones memorables ha salido procesionalmente de su iglesia la imagen de Nuestra Señora de Belén para recorrer entre el enfervorizado anhelo de sus devotos las calles de la ciudad, y fueron, cuando el sitio puesto a los ingleses en 1797, la una, y cuando la invasión del cólera morbo, en 1855, la otra.

 

Otra vez, sin embargo, salió de su capilla la Virgen de Belén y no para acorrer con su ayuda celeste a los que imploraban su gracia, sino para evitar que fuese robada la imagen, según refiere una tradición añeja que tiene el aroma de las ingenuas leyendas. Fué cuando la ciudad se vió invadida por los holandeses.

 

 En el lugar donde hoy se levanta la estatua de Don Juan Ponce de León se abría una cisterna para dar agua en épocas de pertinaz sequía a los vecinos de la parte alta de la ciudad. Una gran preocupación de los devotos era que los invasores que habían entrado a saco en la ciudad pudieran llevarse el cuadro de la Virgen que tiene hasta para los que no admiten el milagro de la aparición, el mérito de ser la primera obra de arte que fue traída a América en los albores de la cristiana colonización. Había que poner a salvo de la rapiña invasora la imagen milagrosa y alguien se encargó de asegurar el divino tesoro que se estimaba en más que todas las riquezas tentadoras de la codicia rampante.

 

Vencidos los holandeses abandonaron la ciudad en precipitada fuga; pero la persona guardadora del místico tesoro había muerto llevándose el secreto del lugar en que la sagrada imagen estaba oculta. Entonces se manifestó de nuevo el prodigio de las voces angélicas acompañadas por la música celesta que resonaban en la noche y que oían con embeleso los creyentes.  Cuanto más se acercaba a la cisterna tapada, más perceptible se hacía el sonido mágico que sumía en éxtasis a los privilegiados oyentes. Alguien tuvo la inspiración de que allí estaba la Virgen que faltaba en el altar, desde los recientes días trágicos en que la ciudad sufrió el azote de la piratería aventurerar. Y abierta la cisterna, una fragancia como de primavera florecida se extendió por la plaza, y llenó los corazones con su efluvio, y ante los ojos deslumbrados de los feligreses surgió la imagen amada que fue restituida a su altar ante el que desfiló, conmovida y ferviente, la población impresionada por el celeste aviso.

 

Y pasaron los años. Una aberrante alucinación que no había de deponer su adversión a cuanto es fuente de vida, ni siquiera en es noble función maternal que está santificada por el gesto lleno de gracia con que la Virgen amamanta al Divino Infante, creyó que era más discreto encubrir el seno purísimo con una prolongación del corpiño. El burdo pegonte se desprendió cada vez que la mano profana lo extendía sobre el pecho turgente que sólo inspira nobles ideas de castidad y de sagrado amor. ¿De qué materia estaba hecho el cuadro que la pintura resbalaba como si un restaurador invisible corrigiera la inaudita profanación cada vez que se intentaba por la terquedad de Tartufo?

 

Todas las tardes, al anochecer, un caballero de porte distinguido recorría un buen trayecto de la calle de San Sebastián para dirigirse desde su casa a la iglesia de los Padres Dominicos donde se cantaba por las noches el Santo Rosario en honor de Nuestra Señora de Belén. El caballero tenía buen talante y un andar reposado. Su mirada acariciaba cuanto veía, y se sabía de él, que tenía una historia romántica no exenta de amarguras.

 

Uno de sus biógrafos había de hacer pasados los años esta silueta amable de aquel solitario artista que se arrinconaba en la penumbra del templo y alguna vez se enjugo con el dorso de la mano una lágrima que acudía indiscreta a sus ojos, mientras el armonium poblaba de armonías el templo: “Amó con idolatría, pero no se deleitó en el amor correspondido como Rafael, sino que adoró en silencio y sin esperanzas como 

 

Alma de artista, ahogó la pasión en su pecho y dedicó la vida a la música y a la pintura. Si hubiera sido poeta, sus cantes serían melancólicos como los de Bécquer, y espejo fiel de su desventura: fue pintor, y ni siquiera tuvo el consuelo de trazar en el lienzo las perfecciones de su ídolo, como no lo tuvo tampoco il sommo artista de Caprea de esculpir en mármol la amada de su corazón, retirada a las soledades del claustro.

 

Pintor cristiano y patriota, su fama rebasó los límites del entonces estéril peñasco que le sirvió de cuna, y llamado a Madrid por el soberano español protector de las ciencias y las artes, prefirió en su modestia, la tranquilidad de su hogar a la gloria que, de seguro, hubiera alcanzado.”

 

Ante nuestra admiración reverente ha pasado la figura amable de Campeche, esbozada en unos trazos magistrales de pluma.

 

Insistentemente le fue pedido al artista que ayudase con su maestría a envolver en velos discretos la castidad impecable doblemente sagrada. Quiso disuadir el gran pintor a los que le pedían su ayuda para cosa tan impropia, y cuando no pudo convencerlos acudió a una estratagema. Pintó el trozo de corpiño que se le pedía, pero no sobre el seno purísimo de la imagen venerada sino sobre delgadísima vitela que adosó con frágil pegamento a la famosa pintura. Y como él había calculado, al quitarle el polvo a la imagen se desprendió el aditamento y volvió a lucir el castísimo seno de la Virgen Madre en que sólo habían de ver las intenciones limpias el atributo generoso de la maternidad divinizada por el mandato de Jesús cuando dijo: ¡Mujer, he ahí a tu hijo!

 

El cuadro de la Virgen de Belén estuvo siempre en un marco de caña dorada. Pero un caballero devoto de la imagen milagrosa, Don Fernando Sárraga y Aguayo, concibió que aquellos contornos de madera podrían transformarse en rica plata. Había que fundir un marco. ¿Cómo? Muchas personas ricas ofrecieron donativos cuantiosos, muchas damas brindaron sus alhajas mejores, pero él rechazó amablemente la oferta. Quería él que el cuadro fuese regalado por los niños de la comunidad, es decir, por las pastoras y pastores que asistían devotamente a sus fiesta del primer domingo de enero de cada año. Desde ese día, cada sábado, los niños de uno y otro sexo en las escuelas públicas de San Juan depositaban un ochavo, como piadoso donativo.

 

Al escribir el nombre de don Fernando Sárraga y Aguayo, he querido refrescar mi memoria hablando del abuelo con su nieto el eminente bacteriólogo don Rafael del Valle Sárraga. El inolvidable viejo don Fernando, como le llamaban familiar y cariñosamente sus discípulos, muchos de los cuales formaron y forman aún legión entre los ciudadanos que descuellan en esta tierra, aunque era “Caballero de la Real y Distinguida Orden de Isabel la Católica” tenía grandes aficiones por el serrucho, la escuadra y el cepillo carpintero. Quien le conoció y le amó por lo mismo con ternura de hijo, me dice para responder a mis preguntas:

 

-Era un formidable y gracioso coleccionista de cuantos clavos, tuercas y tornillos osaban posarse ante su vista. Desarmaba en piezas y reconstruía un reloj en breve tiempo. Dibujaba a la perfección. Fue agrimensor e hizo la mensura de una buena parte de las fincas de la isla.

 

Yo sabía que fue maestro superior y dejó estela luminosa de costumbres puras y un nivel intelectual admirable en las generaciones que modeló a su paso.

 

Su espiritualidad, que se destacaba siempre en un fondo religioso de fe inquebrantable, quedó grabada en plata en el altar de la Virgen de nuestra devoción.

 

Pero don Fernando, mientras el complicado dibujo del admirable regalo estaba todavía en su cerebro, se estaba quedando ciego, las crueles cataratas invadían sus ojos. ¿Cómo dibujar el marco que había de ser fundido en Barcelona, si en sus ojos se había hecho la noche y había que esperar, esperar indefinidamente, esperar el resultado incierto de la operación que no podía hacerse sino pasado el tiempo cuando la catarata estuviese madura!

 

¡Además que la vida de los viejos es cosa tan frágil..! Y él no quería morirse sin dejar hecho el marco para su Virgen de Belén.

 

-Tengo entendido, le he dicho al doctor del Valle Sárraga, que fue usted el intérprete de las ideas de su abuelo, cuando era usted un niño de muy pocos años.

 

-Sí, él quiso que fuese yo, para ser él, algo tan suyo como era yo, quien diseñase la obra. Sus recursos como artista en dibujo lineal y natural eran ilimitados.

 

-Y el nieto, su discípulo predilecto, sería el brazo mecánico que ejecutara,  su concepción, ¿no es eso?

 

-Así fue que él dirigía su obra ya concebida y grabada, según decía correctamente: en la oscuridad de mis ojos bastante bien alumbrados con la luz de mi imaginación. Yo le confieso que al principio no pude entender palabra: ángulos, círculos, grados, líneas rectas y quebradas, curvas, en fin, una amalgama heterogénea de elementos de geometría que salían a la luz de mis ojos, físicamente más ciegos que los de él para aquella obra de exactitud geométrica, gracias a la regla, al compás, a la escuadra y al lápiz de punta fina, pero que al fin, poco a poco, iban destacando siluetas bien proporcionadas y perfectas.

 

-Veía con los ojos del alma…

 

-No hay duda alguna –responde el doctor- que el abuelo veía con los ojos de alma su más parecida obra, que realizara poco antes de morir, y que dejaba como preciada reliquia a la imagen de sus amores. Cada vez que yo visito el altar de Belén –agrega- mis labios musitan una oración que yo siento que llega muy alto, sabe Dios dónde, y mi concentración de espíritu es tal, bajo la influencia del marco de plata de la imagen, que siento todo mi ser invadido de la paz de espíritu de aquella época, la más feliz de mi vida, y mis pupilas se nublan con una lágrima que asoma como un tributo, y un recuerdo cariñoso al abuelito.

 

-Tengo entendido que el marco fue fundido y cincelado en Barcelona y que costó varios centenares de duros-apunto.

 

-Sí, y el año que se celebró la fiesta, puesto el marco de plata a la imagen, se organizó una suntuosa procesión de pastores en la casa del abuelo.  A su éxito contribuyeron las autoridades militares. Los caballos de los “Reyes Magos” fueron cedidos por los oficiales del Ejército. Los soldados se ofrecieron a custodiar los niños durante la procesión. El espectáculo de esa mañana, la de cielo más azul que yo recuerde, las canciones de los niños entonando plegarias al acorde de la música sagrada, el movimiento de la masa humana en un conjunto multicolor moviéndose en ondulaciones infinitas a todo lo largo de las calles, se grabó de tal manera en mi memoria que cuando estoy a solas jugueteando con los recuerdos de mi niñez, siento desfilar las mismas caras, me saludan las mismas sonrisas y llega hasta mí el olor de la cera, del incienso y de la mirra.

 

Todas esta cosas –continúa- inspiradas tal vez para la generación que ahora se levanta, pero que tenían entonces ese sabor de la raza que tanto se echa de menos en estos tiempos, dio tema al gran patricio don Julián Blanco y Sosa para la oración fúnebre en la muerte de la abuela: “Su compañero –dijo- formó el corazón de la niñez con su ejemplo y ella ahora, la que fue madre portorriqueña ejemplar, por más de cincuenta años, se lleva con sus restos mortales el cuerpo de la primera madre espartana que ha dado Puerto Rico, ya que dio a España siete hijos militares. Ahora mismo están ellos batiéndose en los campos de batalla, mientras la anciana venerable cierra sus ojos a la vida terrenal, musitando una oración para la Virgen de Belén”.

 

Un breve silencio ha prendido en nosotros la angustia del recuerdo triste. El doctor del Valle Sárraga, reacciona pronto y comenta:

 

-La alusión iba como una onda de amor a conmover el corazón del bizarro capitán de Artillería, Fernando de Sárraga y Rengel, el hijo menor de la extinta, que comandaba las baterías del fuerte de San Gerónimo en las líneas externas de defensa de la ciudad. Estábamos en plena guerra. La escuadra americana amenazaba con un ataque de un momento a otro y se le concedió gracia especial de una breve ausencia para despedir a la viejecita a su última morada. Recuerdo este incidente memorable, dolorosamente, porque la última vez que nos encontramos todos reunidos ante la imagen de Belén, fue esa tarde, en plena guerra, nuestros corazones  oprimidos por multitud de reveses del destino. Después, cuando el ruido del cañón cesó de atronar el espacio, y se declaró la paz, nos separamos todos para siempre, pero queda todavía en la Ciudad Encantada alguno que otro de la familia para contar esta sencilla historia…

 

Sencilla y bella historia que tiene es aroma de tradición que todo lo llena de ingenua fragancia. Espiritualmente, respiramos la atmósfera del portento. Todo cuanto rodea a la Virgen de Belén tiene un supremo encanto misterioso. ¿No entra en la zona del milagro la realización de ese maravilloso marco de plata, diseñado por un anciano cuyos ojos ya no ven, pero cuyo espíritu ardido en el sagrado fuego de la fe, guía la mano inexperta de su nietecito para que la obra que tiene plasmación en su cerebro no deje de realizarse como su ofrenda póstuma a la Divina Señora ante cuyo altar han rezado en todas las tribulaciones de la vida las buenas, las generosas, la abnegadas madres portorriqueñas, pidiendo por sus hijos, a la que es madre también..!

 

José Pérez Losada

 

 

 

 

 

 

11/10/2012